Reseñas de libros 

Me surgió el deseo de escribir reseñas sobre los textos que leo, así que este espacio está dedicado a esas reflexiones que hago.

El libro de Santos: algunas lagunas

Editorial Planeta

'Hiperculturalidad', Byung Chul Han

(Editorial Herder)

'Topología de la violencia', Byung Chul Han.

(Editorial Herder)

‘Conversaciones sobre Palestina’, Noam Chomsky; Ilan Pappé

(Editorial Icon, 2017)

‘Fuego y furia. En las entrañas de la Casa Blanca de Trump’, Michael Wolff

(Editorial Planeta, 2018)

‘El hombre en busca de sentido', Viktor Frankl

Editorial Herder, 2017

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El libro de Santos: algunas lagunas

Escrito por: Ernesto Samper Pizano 

 

De expresidente para expresidente: reseña de Ernesto Samper Pizano al libro de Juan Manuel Santos.

Dediqué buena parte de mis lecturas de Semana Santa al libro de Santos sobre la paz. Se trata de un buen relato, bien organizado y escrito, un poco adanista para mi gusto, pero útil como referente de cómo se cocinó el proceso de paz que terminó en los acuerdos de La Habana. Encontré, sin embargo, algunas lagunas que deben aclararse en aras de su fidelidad histórica.

La primera tiene que ver con el tratamiento casi despectivo que le asigna el libro al papel que jugó el expresidente Uribe, durante su gobierno, en la construcción del escenario que después hizo posible la paz. “A Álvaro Uribe se debe —dice el expresidente Felipe González en el prólogo— haber llevado a los alzados en armas a la convicción de que por ese camino no llegarían al poder” (pág. 24). Es difícil pensar, conociendo al expresidente Uribe, que él no hubiera estado —como plantea el libro— al mando de las decisiones que rodearon la Operación Jaque (pág. 156) o la de Sucumbíos en Ecuador (pág. 219), que acabó con la vida de Raúl Reyes. El hecho de que Uribe, con miopía política a mi juicio, después de años de combatir contra las Farc, no hubiera reivindicado esta lucha como una contribución al inicio del proceso de paz —como sí lo hizo Santos— no significa que hubiera estado ausente de los operativos que este reivindica como propios en su texto.

La segunda tiene que ver con el tratamiento que le asigna el libro al papel que jugaron las Farc como contraparte en el proceso. Salvo menciones personales de algunos líderes guerrilleros, su autor pasa por alto que de no haber sido por la voluntad de la guerrilla en el proceso de La Habana y la renegociación que terminó en el Teatro Colón, ningún acuerdo hubiera sido posible. Y aunque el libro menciona otros procesos de paz en que fueron reconocidas con el Nobel las dos partes, como David Trimble y John Hume en la negociación de Irlanda del Norte (1998), Frédéric Leclerc y Nelson Mandela en la de Sudáfrica (1993) e Isaac Rabin y Shimon Peres con Arafat, no explica por qué las Farc fueron excluidas del Nobel concedido. Ninguno de ellos asistió, hasta donde me acuerdo, a la entrega del premio a Santos en Oslo, a la cual tuve el honor de asistir.

La tercera laguna me involucra como parte interesada. Se trata de la conspiración que organizó Santos contra mi gobierno alrededor de un supuesto proceso paralelo de paz del cual, como bien reconoce en el libro, jamás fui informado. A finales de mi mandato comenzamos a recibir noticias, desde la cárcel de Itagüí, de que Juan Manuel Santos y Álvaro Leyva andaban promoviendo un acuerdo de paz con las Farc, esmeralderos, paramilitares y otras organizaciones al margen de la ley. Conociendo a sus inquietos promotores, al comienzo no le puse mucha atención al tema. Hasta un día, cuando el ministro de Defensa, Gilberto Echeverry, me llevó una cinta grabada por inteligencia militar, donde se escuchaba una conversación, a través de un teléfono clandestino de las Farc, en la cual Santos trataba de convencer a Raúl Reyes de que aceptara, como parte de su mesiánico plan, la exigencia de mi retiro del gobierno para dar paso a uno de transición que, suponíamos, deseaba encabezar el propio Santos. Entonces me di cuenta de que el acuerdo no era tan “inofensivo” como lo pinta el autor en su libro y le pedí a José Noé Ríos, consejero de Paz, que lo develara al día siguiente en una rueda de prensa en la zona cafetera. Así lo hizo y hasta ahí llegó.

Esta circunstancia no me impidió, cuando ya Santos estaba en la Presidencia y después de una larga conversación sobre su propuesta de paz, durante la cual me reconoció que se había equivocado al desconocer el gobierno, aceptar su invitación para apoyarlo; lo que hice entonces y sigo haciendo ahora, cuando nos estamos dando cuenta de que la paz era mucho más que el silencio de los fusiles y que Santos dejó los cimientos, pero falta construir el edificio.

* Expresidente de la República.

'Hiperculturalidad'

Escrito por: Ernesto Samper Pizano, expresidente de Colombia y exsecretario general de UNASUR

El filósofo coreano Byung-Chul Han nos trae este delicioso ensayo sobre el tema de la hiperculturalidad que es la cultura resultante de la “implosión de todas las culturas”. No se trata ya del debate actual entre el cosmopolitismo cultural, que propone una sola cultura manejada por el imperio, y el multiculturalismo, que predica la convivencia de muchas culturas.

 

La hipercultura es el resultado de “una conexión globalizada de muchas formas de vida”. No es una suma de culturas, es un saber nuevo, “un puente sin orillas que produce lugares nuevos” (Heidegger).

 

Este nuevo tejido de singularidades se diferencia de cada una de ellas por la fuerza de su conectividad, una interrelación virtual que produce un sujeto distinto: la hipercultura. Byung la presenta en la imagen de una red que actúa como un océano infinito sin puerto conocido. El hombre, como infatigable caminante, deambularía por esta hipercultura buscando un “estar aquí global” que reemplace su “estar aquí local”.

 

En su empeño ambulatorio le ayuda mucho la condición, propia de la naturaleza humana, según Nietzche, en su obra ‘El caminante’, de ser alguien que camina más que quien viaja. Este último sale de un sitio para llegar a otro.

 

La interculturalidad es, concluye el autor, “una simple yuxtaposición sin distancias de distintas formas culturales” (pág 83). Algo para pensar, desde aquí y ahora, antes de que sea tarde.

'Topología de la violencia'

Escrito por: Ernesto Samper Pizano, expresidente de Colombia y exsecretario general de UNASUR

Byung Chul Han es un joven filósofo coreano, profesor en la Universidad de las Artes de Berlin, quien ha cautivado el mundo académico con una serie de ensayos breves sobre temas de actualidad como la hiperculturalidad, la transparencia o la violencia. 

 

En su reciente ensayo sobre la 'Topología de la violencia' nos muestra cómo puede ser tan violento un exceso de negatividad, en una sociedad polarizada como la nuestra, como el exceso de positividad resultante de un consenso en que no caben los matices, las diferencias ni lo que él denomina “la otredad” (el respeto del otro). 

 

El profesor coreano descarta la afirmación freudiana de la violencia como un destino casi fatal, “una pulsión de tensiones destructivas internas”. En cambio, se interesa más por la versión de Girard que afirma el carácter cultural de la violencia y encuentra en el comportamiento social sus posibilidades de crecer y multiplicarse. 

 

Aquí sugiere una relación entre violencia y poder. El ejercicio de la violencia incrementa el deseo de poder pero este poder, según el, es un poder vacío, carece de contenido. “La violencia –sentencia el coreano- no nos hace poderosos sino culpables”.  

 

Después de examinar estas variedades topológicas de la violencia, el Profesor Chul Han se atreve a plantear la coexistencia de dos generaciones actuales. Una, sujeta a las reglas, la disciplina y la moral kantiana y otra, la más joven, inmersa en la comunicación,  la instantaneidad  y lo virtual. La generación de la disciplina compite dentro de las reglas y se deprime si pierde frente a un rival.

 

En la nueva generación, los jóvenes compiten contra sí mismos, su meta la define su propio rendimiento y su frustración. Cuando no alcanza lo que se proponen se traduce en melancolía, “una relación perturbada de uno consigo mismo”. Melancólicos o deprimidos, todos estamos inmersos en un mundo confuso, impredecible y generador de muchos espacios de donde se nutre hoy la violencia.

‘Conversaciones sobre Palestina’, Noam Chomsky; Ilan Pappé

Escrito por: Ernesto Samper Pizano, expresidente de Colombia y exsecretario general de UNASUR

El libro sobre las conversaciones entre Noam Chomsky e Ilan Pappé sobre la causa palestina ofrece una perspectiva distinta sobre ella.

 

En esencia, plantea que la estrategia (sionista) del Primer Ministro Neitanyahu, como fiel representante de la derecha más radical de su país, es la de aislar al pueblo palestino, arrinconándolo a través de asentamientos y muros, para convertirlo en una minoría sin tierra dentro del Estado de Israel.

En este contexto, que ellos llaman del ‘apartheid judío’ para compararlo con el surafricano, la discusión sobre los dos Estados, como prerrequisito para iniciar las conversaciones de paz, deja de ser relevante porque los elementos del Estado palestino desaparecen y el pueblo palestino, diezmado, se convierte en un problema interno de Israel. 

Esta política diabólica, que Chomsky bautiza como “colonialismo del asentamiento” valida, según él, “un apartheid de facto, sustituido luego por una legislación racista en el Kneset y políticas de discriminación abierta” que apuntarían a una campaña sutil pero efectiva de limpieza étnica que, además de arrinconar a los palestinos que viven en Israel, impediría el retorno de los que quisieran regresar o empezar a vivir en su tierra. Es la coronación de la era de Nietanyahu caracterizada por “un Israel racista, ultracapitalista y ocupado en la limpieza étnica de Palestina”.

Es vergonzoso, a la luz de este marco, la actitud de países como Estados Unidos que, al abrir su Embajada en Jerusalén, tomó partido a favor de Israel. También la de Colombia que, rompiendo una tradición de muchos años, resolvió desconocer el derecho histórico de los palestinos a tener un Estado.

El ‘aparteid judío’ se diferencia, sin embargo, concluyen Chomsky y Pappè, del surafricano en que en este último los blancos necesitaban a los negros segregados, mientras que en el judío los israelitas consideran enemigos a muerte a todos los palestinos.

‘Fuego y furia. En las entrañas de la Casa Blanca de Trump’, Michael Wolff

Escrito por: Ernesto Samper Pizano, expresidente de Colombia y exsecretario general de UNASUR

“Golpeas a Donald en la cabeza y sigue adelante. Ni siquiera se da cuenta de que lo han golpeado”. (Fox News)

 

Es una de las frases que recoge el afamado periodista Michael Wolff para empezar a describir lo que está pasando en la Casa Blanca en la era de Trump. Su historia comienza relatando el terror que se produjo en la campaña del presidente el día que se confirmó que había ganado las elecciones. Ni él mismo estaba preparado para ganar. Tampoco su esposa, a quien el propio candidato le había prometido que no sería jamás presidente.

 

Como no estaban preparados para ganar, tampoco lo estaban para gobernar. No había equipos de transición para asumir, al día siguiente, el empalme entre los dos gobiernos. Todo fue, desde el principio, cuenta el autor, improvisación y caos. Desde el primer momento se formaron bandos irreconciliables entre Ivanka Trump, su esposo y sus seguidores y los equipos comandados por Steve Bannon, el poder detrás del trono presidencial quien se refería en términos poco amables a su Jefe como “un simio gordo y afectuoso”. Para él, el Presidente era como una máquina sencilla que se podía activar con el botón de la adulación y apagar con el de la calumnia. Desde el comienzo, el impredecible Trump comenzó a hacer valer entre sus súbditos sus conocidos odios contra los negros, los migrantes, especialmente los musulmanes, China y, como no, el expresidente de Estados Unidos Barack Obama.

 

Wolff menciona en su libro que al presidente le cuesta trabajo concentrarse largo tiempo en un tema y prefiere su diversión de comer hamburguesas a partir de la seis de la tarde viendo televisión por cable en tres televisores gigantes que le instalaron en sus habitaciones privadas. Cuartos que, por supuesto, detesta porque no tienen la comodidad de su palacio de Nueva York: la Torre Trump.  La gente le huye, cuenta el libro, para que no los despida o se le acerca zalameramente para que los reconozca. De todos ellos, Trump piensa que son ineptos.

 

El Jefe de Prensa -a punto de entrar a un manicomio- se levanta por las mañanas a leer los trinos presidenciales que debe defender en las tormentosas ruedas matutinas de prensa de la casa Blanca. Si algo sale bien, es gracias al presidente. Si sale mal, como el hundimiento de la ley que pretendía reformar el sistema de salud de Obama, hay que buscar los culpables y echarlos. La guerra entre las camarillas, que inclusive  han marcado “territorios físicos” en las distintas alas de la Casa Blanca, se ha vuelto más importante que las otras guerras que caza a diario el Presidente quien no habla de jornadas de trabajo sino de “batallas” diarias. Las cosas han ido tan lejos, que que se llegó a celebrar una reunión de alto nivel entre los asesores en la que se concluyó en que el principal problema de Trump era Trump mismo, por lo cual debían diseñar una estrategia para cambiar su forma de gobierno aislándolo de la información, neutralizando sus trinos y filtrando noticias de tal manera que, gracias a  este “autosabotaje”, la administración tomara el camino correcto.

 

En síntesis, el libro de Wolff sobre la Casa Blanca, al principio nos parece divertido por las payasadas del nuevo inquilino, luego nos preocupa cuando nos cuenta cómo se están tomando allá las medidas y al final nos aterroriza cuando nos damos cuenta de que decisiones que tienen que ver con la sostenibilidad del mundo se encuentran en tan furiosas manos, que pueden llevarnos a una guerra nuclear o a una hecatombe climática.

 

Así, según la apreciación del autor, la Casa Blanca se ha convertido en una casa del terror por cuenta del fuego y la furia que están habitando desde la llegada de Trump al mando.

‘El hombre en busca de sentido', Viktor Frankl

Escrito por: Ernesto Samper Pizano, expresidente de Colombia y exsecretario general de UNASUR.

Viktor Frankl (1905-1997) fue un destacado profesor austriaco de neurología y psiquiatría que sobrevivió a los campos de concentración de judíos durante la Segunda Guerra Mundial. Como muchos de sus connacionales, él también perdió casi todos sus familiares y sintió en carne propia el sufrimiento, la “muerte emocional” y la degradación del campo de concentración de Auschwitz.

Pero allí también estructuró las bases de una nueva escuela de psiquiatría, la de la logoterapia, que le ayuda a los seres humanos a encontrar un sentido a la vida, el mismo sentido que le permitió a muchos de sus compañeros de infortunio encontrar una razón para sobrevivir al genocidio. “No es el sufrimiento el que madura al hombre, es el hombre el que da sentido al sufrimiento”, afirma Frankl en uno de sus textos más conocidos.

Precisamente, ese sentido bien puede ser el recuerdo de un ser amado, el apego a un paisaje o la búsqueda de una idea. Para él, su “sentido” fue reconstruir el manuscrito de su último libro que destrozaron los nazis durante la requisa que le hicieron antes de llevarlo al campo de concentración. Así que él reescribió el libro, estando en cautiverio, en pequeños pedacitos de papel.

Muy pronto comprendió que a los hombres convertidos en “carne de exterminio”, como sus compañeros de concentración, aunque les quitaran todo, les quedaba el derecho a elegir la felicidad futura como un destino de vida.

Por eso, la base de su formulación existencialista se resume en “enseñar a los hombres desesperados que en realidad no importa lo que esperamos de la vida, sino lo que importa es lo que la vida espera de nosotros”.  Todo un ejemplo para esta adolorida Colombia, ahora, cuando los familiares de las víctimas están encontrando un sentido a sus vidas en la búsqueda de que los hechos que ellos y sus seres queridos vivieron no se repitan jamás, contrario a lo que hacen algunos dirigentes políticos (como los comandantes nazis de ese entonces), quienes han convertido la venganza y la polarización en una bandera política.

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