Las nuevas relaciones entre China y América Latina: amistad o competencia

“Si usted quiere un año de prosperidad cultive cereales. Si quiere diez años de prosperidad cultive árboles. Si quiere cien años de prosperidad cultive gente”

 

Proverbio chino

 

Napoleón anunciaba el estremecimiento del mundo cuando “China despertara”. Este gigante ya despertó y el mundo se está reconstruyendo a su alrededor sin que haya ocurrido ninguna catástrofe. Con poco más de medio siglo de existencia, la República Popular China (fundada en 1949 tras la revolución) es hoy la segunda economía más grande del mundo, con tasas de crecimiento promedio, en las últimas décadas, del 9% y una participación equivalente a la tercera parte del comercio global. Su presencia es notable en los mercados globales, en la nueva infraestructura de los países en desarrollo, la ciencia y la tecnología, pero, sobre todo, en el fortalecimiento de una concepción multilateral y no hegemónica del mundo. Décadas atrás, resultaba difícil aceptar las transformaciones chinas en materia educativa como la expansión de la cobertura universitaria cercanas a la conseguida en América Latina. Sin embargo, mientras 50 universidades chinas aparecen entre las mejores del mundo según el ranking de Shanghái, solo diez centros universitarios latinoamericanos reciben este reconocimiento. A esta conquista histórica se suman otros logros en materia de seguridad ciudadana, reflejados en tasas de homicidios por debajo de las de Brasil y Venezuela juntos (Banco Mundial).

 

Uno de los cambios más significativos de este “despertar” chino ha sido la adopción de un nuevo modelo interno de desarrollo para consolidar sus fortalezas internas sin abandonar sus objetivos en materia de apertura económica. Con un mercado potencial de 1300 millones de potenciales consumidores, China entendió, en pleno siglo XXI, que la ampliación de su demanda interna debería convertirse en el motor generador de su crecimiento con inclusión social durante los próximos años. En la medida en que aumente la capacidad de compra de sus habitantes a través de procesos de redistribución, se ampliará y diversificará su plataforma de desarrollo. La tarea ya empezó, los 800 millones de personas que salieron de la pobreza y que representan el 73 % de los pobres del mundo. Y el mejoramiento de los salarios integrales de sus trabajadores que resulta de agregar a los salarios nominales, bajos en términos internacionales, los subsidios en materia de educación, salud y vivienda.

 

La nueva estrategia de introspección para el crecimiento está avanzando con la implementación de programas como el plan made in China, cuyo objetivo consiste en producir en 2025 el 70% de los componentes de manufacturas que actualmente se importan. Será el paso definitivo de una economía basada en la agricultura a una industrial, apoyada en la tecnología y la innovación a partir del fortalecimiento de una clase media urbana, que dará al modelo el soporte político que hoy recibe del Partido Comunista.

 

En China se está cocinando un nuevo modelo global de desarrollo que combina el Estado social de derecho con el derecho social al Estado. Que acepta el mercado hasta donde sea posible, con la intervención del Estado hasta donde sea necesaria. Que juega en el escenario de la apertura económica internacional sin desatender la estabilidad institucional, ni los objetivos nacionales, en materia de inclusión social. Que da por aprendida la lección de Nelson Mandela, según la cual lo que dejemos de invertir hoy en equidad, mañana lo estaremos pagando en seguridad. Un modelo que hace compatible la identidad ancestral con la modernidad cibernética y que puede reivindicar la gradualidad en medio del inmediatismo irresponsable.

 

El modelo que le propone este gigante asiático al mundo es el resultado de una serena evolución, que le ha permitido en el último medio siglo atravesar el río caminando sobre las piedras como dice el proverbio chino.  La historia de la revolución china es robusta, pues en cada fase ha habido aportes sustanciales al modelo. El Gran Salto Adelante, comandando por Mao Zedong, fue sin duda alguna regresiva, especialmente para campesinos y mujeres, pero, a pesar de ello, la dirigencia tuvo el suficiente aplomo y perspectiva para corregir el rumbo. Posteriormente, se emprendió la apertura con Deng Xiaoping, condensada en cuatro modernizaciones: permitir negocios individuales, aceptar la inversión extranjera, controlar el crecimiento de la población e introducir en la Constitución formas reguladas y concertadas de propiedad privada. Estos valiosos aportes han sido completados por la gestión de los últimos líderes que han preservando la institucionalidad, frente a complejos desafíos como la inclusión social, el equilibrio territorial y la lucha contra corrupción (guanxi). China ha decidido volver los ojos sobre sí, sin dejar de mirar a sus vecinos y al resto del globo. En este escenario sobresale América Latina.

 

Se debe aclarar, eso sí, que se puede prever una disminución de la presencia china en el mundo, lo cual puede afectar mercados y flujos de inversión que habían sido muy positivos para regiones como América Latina. No obstante, se espera que en el mediano plazo se asegure el sostenimiento de la presencia china, especialmente en proyectos de infraestructura a través de iniciativas como la de la Ruta de la Seda y la Franja que ha lanzado por Xi Jinping. Por consiguiente, el propósito de este ensayo consiste en escudriñar el contenido de semejantes cambios y sus implicaciones regionales.


De la autosuficiencia a la apertura

 

Mientras los países buscan más allá de sus fronteras mercados que complementen sus espacios comerciales internos, China necesita este relacionamiento internacional para proveerse de alimentos, energía y tecnología. A lo largo de su historia, prevaleció la tesis confuciana de que el país debía generar por sí solo sus posibilidades de supervivencia –esquema que Mao aplicó de forma rígida-. De allí la explicación que daba un dirigente chino a un periodista sobre el denominado milagro chino. El milagro chino, decía, consiste en la posibilidad de garantizar a mil quinientos millones de personas tres comidas diarias durante sus vidas. Esta preocupación, muy válida por lo demás, explica por qué el modelo chino se concentró durante tantos años en el desarrollo de su agricultura, empezando por la irrigación de cincuenta millones de hectáreas sembradas que apenas representaban el 11% de las tierras cultivables en el país. (Cesarin y Moneta 2005).

 

La escasez de tierra cultivable y tecnología obligó a salirse de su paradigma de autosuficiencia y en el exterior, afuera, nuevos graneros y las técnicas necesarias para mejorar la productividad en cereales, algodón y oleaginosas. Después vendría la reindustrialización y el salto tecnológico.

 

Den Xiaoping fue el artífice de esta internacionalización y tal como lo expresó “No importa que el gato sea blanco o negro. Si caza ratones es un buen gato”. Esta máxima sintetiza la decisión pragmática de salir a buscar socios en el mundo. Para justificarlo, propuso cuatro modernizaciones como punto de partida en los sectores agrícola, industrial, tecnológico científico y en la defensa nacional (Wilhemy 2000).

 

En el campo agrícola se reemplazaron las granjas comunitarias por familiares, permitiendo contratos de arrendamiento a largo plazo que, en la práctica se constituyeron en un primer reconocimiento de derechos de propiedad. Gracias a esta decisión se pudieron mantener los niveles de producción alimentaria inherentes al concepto mismo de soberanía. La reforma estuvo acompañada de la introducción de una serie de señales de mercado que empezaron a reemplazar las metas de los planes quinquenales como referentes de productividad y crecimiento agrícola. (Wilhemy 2000).

 

Con estas decisiones, en muy pocos años, el socialismo chino abrió mercados, participó en proyectos regionales de inversión, estructuró zonas económicas especiales que funcionaron como islotes capitalistas dentro del socialismo, se vinculó a los mercados de capitales occidentales y adhirió a las organizaciones occidentales donde se tomaban las decisiones más importantes en materia de intercambios y apertura, como la Organización Mundial del Comercio (OMC).

 

Bajo esta lógica se fue consolidando el esquema de “un país, dos sistemas” que le permitió al gigante asiático sostener los objetivos socialistas en el plano interno y competir en las ligas capitalistas occidentales. En los años 90, este pragmatismo le permitiría allanara el camino para el retorno pacífico de Hong Kong y Macao devueltos por el Reino Unido y Portugal respectivamente.

 

La segunda generación de reformas económicas vino, precisamente, con ocasión del ingreso de China a la OMC. En ese entonces, se adoptaron reformas que crearon un clima positivo de confianza entre los inversionistas internacionales que consiguieron que en los primeros meses llegar a más de 150.000 millones de dólares. El país adoptó una normativa en consonancia con las exigencias internacionales regulatorias sobre garantías para la inversión extranjera, reconocimiento de la propiedad intelectual y desarme arancelario para el libre comercio, entre otras.


Finalmente, y como corolario del proceso le apostó a la búsqueda de tecnología. La República Popular Entró a competir con países como la India en la fabricación de semiconductores y producción de software. Ingresó por la puerta grande a la competencia por la conectividad mundial a través de la fabricación de teléfonos móviles. De esta manera atrajo a las principales empresas que seducidas por la idea a de un mercado de millones de potenciales consumidores llegaron a producir bajo la divisa “Made in China”. Desde la Restauración Meiji en Japón (1868-1912) no se había visto el impacto tan fuerte de un proceso de importación de tecnología sobre las condiciones de productividad de una economía.


Sin entrar en estériles discusiones sobre ideología, se podría afirmar que una de las claves del éxito de la apertura económica china estuvo en que logró introducir cambios institucionales profundos en el manejo de la economía, la descentralización territorial, la defensa y la justicia como puntos focales del poder político. Esta combinación de apertura económica con control político e inclusión social, marcó una diferencia de fondo con el proceso de apertura soviética antes y después de la Guerra Fría. La Unión Soviética cometió el error de hacer coincidir la apertura económica con la liberación de los controles institucionales. Su disolución impidió que Rusia liderara lo que hubiera podido ser un mercado común de los antiguos países en transición hacia sistemas políticos y económicos más compatibles con los occidentales.

 

La historia ha demostrado con creces que quienes temían que el despertar internacional de la China complicara el orden global, estaban equivocados. Su presencia en los mercados internacionales de productos básicos ha permitido mantener sus precios en niveles remunerativos, muy a pesar de los subsidios de los países más desarrollados. Esta sostenibilidad ha beneficiado a miles de agricultores en regiones como América Latina, que, de otra manera, hubieran sufrido las volatilidades de otras épocas. Lo propio ha sucedido con los precios de la energía y el abaratamiento de las semi-manufacturas. Esta competencia – no exenta de problemas como el de los bajos costos laborales chinos – ha terminado por obligar a ciertas industrias, como los textiles, a mejorar su productividad sin apoyos proteccionistas como en el pasado. Los mercados de capitales también han encontrado en las decisiones chinas de inversión, la posibilidad de garantizar unos niveles de liquidez mundial que han moderado sus variaciones impredecibles reduciendo las tasas de interés que, en otras circunstancias, se habrían elevado.

 

En síntesis, el choque de oferta producido por la irrupción de China en el mercado, bajo las reglas de la OMC, ha contribuido a una deflación atípica de los precios internacionales de los bienes transables. Esta circunstancia hoy preocupa a países como los Estados Unidos que ve amenazada su posición hegemónica en los mercados globales y algunos de sus sectores nacionales o espacios comerciales protegidos.

 

No cabe duda de que América Latina se ha beneficiado de esta irrupción constructiva de la República Popular en el escenario de una globalización contradictoria convertida en un juego de perdedores y ganadores. En esa dinámica, la región estaba en el primer lado.

 

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