Cadenas sociales de valor y extractivismo

Las cadenas sociales de valor (CSV) son concatenaciones productivas de empresas que agregan valor incluyente a una economía, medido este último en términos de mayor producción y mejores niveles de inclusión social en condiciones de estabilidad macroeconómica y sostenibilidad ambiental.  

 

Las CSV se deben distinguir de las cadenas globales de valor (CGV), que se refieren a concatenaciones productivas de empresas multinacionales que aprovechan las posibilidades de conectividad que ofrece la globalización para fragmentar y deslocalizar internacionalmente su producción. Permiten que las empresas globales capturen las ganancias locales asociadas con la producción del bien manufacturado en distintas partes del mundo y su ensamble final en un solo punto geográfico (Blyde, 2014 p. xi). La fragmentación de la producción ocurrirá si los menores costos marginales de producción resultantes de la fragmentación compensan los costos adicionales asociados con la deslocalización productiva (Blyde, 2014).

 

El 80 % del comercio mundial se está haciendo a través de estas cadenas de bienes y servicios. En un mundo donde lo importante ya no es producir sino vender, es entendible que la mitad de estos encadenamientos globales sean servicios logísticos de almacenamiento, transporte, seguros, diseño, financiamiento o distribución. Los primeros informes del BID sobre las CGV reconocen que los cambios asociados a las estrategias de deslocalización, como los inducidos por estas cadenas, pueden resultar muy dañinos en términos sociales para los países proveedores nacionales de las mismas (Blyde, 2014 p.12). De allí surge la necesidad de pensar en cadenas alternativas que, además de agregar valor, generen beneficios sociales.

 

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Los países en desarrollo, como los de América Latina, deben entrar en el nuevo juego de ventajas competitivas y construir cadenas que, además de valor, generen inclusión. Estas cadenas incluyentes deben mejorar las condiciones generales de distribución del ingreso. Veamos el ejemplo de la venta internacional de una libra de café. La suma que se paga por una taza de café en Europa es de alrededor dos euros, equivalente al doble de lo que recibe, por una libra, el campesino latinoamericano que la produce. Si consideramos que de cada libra de café salen, aproximadamente, cincuenta tazas, la utilidad final llega a ser de casi cien veces lo que cuesta en la puerta de la finca productora. ¿Quién se queda con las ganancias de 49 tazas? Las cadenas logísticas de valor que, por lo general, pertenecen a compañías multinacionales que empacan, transportan, aseguran, venden al por mayor y al detal y hacen la publicidad de las libras de distintas marcas de café. Las CSV cubren todos los encadenamientos productivos que atienden los procesos de distribución dentro y fuera de la región, lo que beneficia en primer lugar a los productores originales.

 

Cadenas de valor y américa latina

 

El manejo prudente de las crisis financieras de finales del siglo pasado, y su compromiso firme con el sostenimiento de la estabilidad macroeconómica como premisa del crecimiento, le ha generado a América Latina credibilidad a nivel global. Gracias a ella, en las últimas décadas se ha producido una deseable canalización de fondos extranjeros para el desarrollo de la región: el 28 % de los recursos dirigidos hacia países en desarrollo en el curso de los últimos años ha llegado a América Latina (CEPAL, 2014 p. 40).  

 

Esta coyuntura debe llevarnos también a considerar como una opción plausible que la región vuelva hacia sí misma, a lo que podríamos llamar “lo nuestro”, y encontrar así nuevos senderos de progreso: fortalecer su mercado intrarregional, apoyar la creación de empresas multilatinas constituidas con capitales nacionales, y encauzar de manera más productiva los flujos significativos de remesas provenientes del exterior, que en el caso de algunos países llegan a constituir hasta la mitad de sus ingresos internacionales. Estos cambios de orientación se facilitarían si se acompañan con el desarrollo de cadenas sociales de valor conformadas por empresas nacionales, principalmente pequeñas y medianas, concentradas en la ampliación del mercado intrarregional y el desarrollo sectorial,  soportados por una nueva infraestructura regional que apoye su actividad logística. Algunas de estas nuevas premisas son: El mercado intrarregional, la reindustrialización, la pequeña y mediana empresa, la nueva institucionalidad, la innovación, la infraestructura y las externalidades sociales

 

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Las anteriores premisas, identificadas con el desarrollo de las CSV, deberían formar parte de una nueva Agenda Estratégica para la Integración Regional que sirva de hoja de ruta para la adopción de un modelo alternativo de progreso incluyente que sustituya los viejos paradigmas del extractivismo y la dependencia/volatilidad que hoy caracterizan el agotado modelo latinoamericano de desarrollo. En la Agenda estarían contempladas iniciativas como la internacionalización de las pequeñas y medianas industrias, el desarrollo de una nueva infraestructura regional, la sostenibilidad ambiental, el fortalecimiento de las ventajas competitivas regionales, y las bases de una política exterior para la integración basada en el principio de respice similia (mirar a los semejantes) en contraste con réspice polum (una actitud orientada a la preservación exclusiva de relaciones con el norte).

 

Las CSV ofrecen la posibilidad de construir un nuevo entorno productivo a través de un círculo virtuoso de encadenamientos generadores de valor “hacia atrás y hacia adelante” que, asociados a unas exigencias de externalidades sociales, nos permita acercarnos a la meta de crecer más y repartir mejor las utilidades. Lamentablemente, los estudios demuestran que son muy pocos los sectores encadenados. De un total de 369, tan solo 31 hacia atrás, equivalentes al 4 % del PIB regional. Y de 317, 89 hacia adelante, que representan el 8 % del PIB regional.

 

En aquellos países de la región donde resultan claras sus ventajas competitivas, se abrirían posibilidades de tales encadenamientos productivos redistributivos. En esta tarea, las pequeñas y medianas empresas, especializadas hoy en la producción de manufacturas, podrían desempeñar un papel protagónico. Como los productos cárnicos en Argentina, el café en Colombia o los productos farmacéuticos en Brasil.


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De otro lado, un campo por explorar de posibilidades generadoras de valor está en las compras públicas. Aunque el gasto público de América Latina apenas representa el 15,5 % del PIB, el valor de sus compras públicas es 3,9 veces más grande que toda la inversión extranjera recibida en la región durante los últimos años (Acosta Arias & Racones Mera, 2015 p. 9). La ampliación del mercado intrarregional constituye un inmejorable punto de partida para el desarrollo de nuevas cadenas, como lo prueba el hecho de que hoy el 60 % de las manufacturas que produce la región se comercie a través de este mercado.

 

Las CSV, apoyadas en la innovación y en una dinámica infraestructura regional, permitirían dar el salto global que necesitamos para insertarnos en el competido mercado internacional. Particularmente, en los mercados del sur global, que son los más dinámicos del momento. Mayor crecimiento, una inclusión social más robusta, sostenibilidad ambiental y estabilidad macroeconómica serían los ejes articuladores del modelo alternativo que estaría soportado en las CSV. Se trataría, como lo plantea la CEPAL, de una afortunada simbiosis entre el aumento de la demanda resultante de la expansión del mercado intrarregional, el poder dinamizador de la innovación y el conocimiento y el cumplimiento de los compromisos globales en materia de cambio climático (Prado, 2016).  

 

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