Las relaciones, freudianas, entre América Latina y Estados Unidos han oscilado, a lo largo de la historia, entre el “destino manifiesto” que justifica el ingerencismo de EE.UU. en los asuntos regionales de lo que estos consideran su “patio trasero” y la “cooperación hemisférica” que apela a la americanidad como un común denominador histórico que acerca las dos regiones.

 

El ejemplo más significativo del manejo inadecuado de las relaciones hemisféricas ha sido la política de lucha contra las drogas desarrollada durante las últimas tres décadas. Durante este tiempo, la narcotización de la agenda hemisférica abortó la posibilidad de un acercamiento constructivo entre las dos regiones alrededor de otros temas vitales para la región como el medio ambiente y los derechos humanos.

 

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En este periodo las relaciones quedaron en manos de las agencias encargadas de la lucha contra las drogas, situación que convirtió a los países andinos en verdaderos campos de batalla al punto de que se hablaba comúnmente de la “guerra” contra las drogas. Colombia ha sido una muestra fiable del daño que una política equivocada y abiertamente injerencista, como la de las drogas, puede ocasionar en la institucionalidad democrática de un país.

 

Clinton y la triste experiencia del ALCA

 

La amenaza Trump llega en momentos en que la región   se repone de uno de los momentos de mayor frustración en su historia.  En la Cumbre de las Américas celebrada en Miami en 1994  el Presidente Clinton  lanzó la Iniciativa de una nueva forma de relacionamiento interamericano que acercara  las  Américas – Canadá y Estados Unidos, Centroamérica y el Caribe y Suramérica – que respondiera a los ideales integracionistas de Bolívar, Martí, Washington, Zapata, San Martin y O’Higgins”. La ambiciosa propuesta planteaba la necesidad de dar los primeros pasos hacia la conformación de un nuevo bloque mundial de integración, el bloque americano, que se enfrentaría a otros bloques en Europa, África y Asia, en el marco de la globalización.

 

El nuevo espacio se iniciaría como una zona económica regional resultante de la convergencia de todos los procesos subregionales de integración. La euforia americanista que despertó la propuesta del Presidente Bill Clinton duró hasta cuando se presentaron las bases del nuevo tratado que atendía, de manera preferencial, los intereses de los Estados Unidos como la protección de sus derechos de propiedad intelectual, la defensa de sus inversiones y el desarme total de aranceles para la facilitación del comercio.

 

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En injustificable contraste, no se tenían en cuenta, para el comienzo de la discusiones, temas de nuestro particular interés como el desmonte de los subsidios norteamericanos para la producción agrícola, la libre movilidad de los migrantes latinoamericanos hacia los mercados de trabajo del Norte o la posibilidad, asistida con fondos solidarios al estilo de los fondos de cohesión de la Unión Europea, de que los países, desiguales, pudieran avanzar, en sus compromisos de integración, a distintas velocidades. Se trataba de reconocer, en la conformación de la nueva alianza, la necesidad de aplicar un esquema de geometría variable que partía de reconocer los disimiles niveles de desarrollo de los futuros socios del Acuerdo.

 

La fragmentación geográfica de las relaciones de los Estados Unidos con la región que produjo esta negociación de acuerdos al detal, ocasionó severos daños en la posibilidad de alcanzar el ideal planteado en la Iniciativa de conformar un bloque americano y causó severos estragos en los procesos vigentes entonces de integración subregional como el de la integración andina.

 

El segundo periodo de Obama

 

El Presidente Obama, movido por una genuina intención de acercamiento a la región, propuso un “nuevo comienzo” en las relaciones inspirado en la tesis del poder moral de los Estados Unidos como adalid de la defensa de los derechos humanos.

 

La señal más convincente de este reinicio fue la reapertura de las relaciones con Cuba que cumplían un siglo de congelamiento y dificultades. Las relaciones entre los dos países debían superar el paralizante dilema entre no levantar el embargo económico mientras no se cambiaran las condiciones políticas en la isla que no podían modificarse mientras existiera la presión del embargo.  

 

La decisión de empezar por un “noviazgo” con posibilidades de matrimonio, representado por la flexibilización del régimen de visas, el aumento de los viajes, la presencia de nuevas empresas de comunicaciones que mejorarán la conectividad en la isla, la promoción del turismo, menos trabas al giro de remesas,  apertura de nuevos canales de abastecimiento básico, cierre de las actividades judiciales antiterroristas en Guantánamo y la  reapertura de las sedes de las Embajadas fueron gestos en la dirección correcta. Este avance prometedor todavía no incluía temas sensibles como el levantamiento del bloqueo económico o el cierre definitivo de la base de Guantánamo, que significaría emprender el camino del reconocimiento definitivo de Cuba como parte activa y reconocida de la comunidad interamericana.

 

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“Extenderemos nuestra mano si están dispuestos a abrir el puño”, sentenció el Presidente Raúl Castro en el anuncio oficial del nuevo inicio (Erikson p. 165). Nadie sabía que este amanecer duraría el breve espacio de la llegada a la Presidencia de Trump quien, desde el primer día,  desbarató con precisión de relojero los avances conseguidos hasta ese momento: restringió los visados, creó dificultades insalvables para otorgar permisos a aquellos cubanos que quisieran residir en los Estados Unidos  obligándolos a viajar a otros países para obtenerlas y retiró  buena parte del personal de la Embajada recién abierta con el argumento, delirante , de que estaban siendo víctimas de un “virus sonoro” que afectaba sus oídos. El punto más crítico fue su declaración después de los atentados terroristas protagonizados por ISIS en Nueva York anunciando su intención de reabrir Guantánamo como sede extraterritorial de la justicia norteamericana.

 

La Era Trump

 

La era Trump no puede compararse con ninguna de las que ha vivido América Latina con los Estados Unidos en los últimos cincuenta años. Hoy, meses después de iniciado el nuevo gobierno, no hay una política hacia América Latina sino medidas en contra de América Latina en materias como el libre comercio, las migraciones, Cuba, la paz de Colombia, el cambio climático y la situación en países como México, Puerto Rico y Venezuela. Estas decisiones agresivas y un tanto esquizofrénicas, han creado tensiones regionales y despertado viejos resentimientos antiamericanos, que no se veían desde hace varios años.

 

La irrupción de Trump en el escenario internacional ha puesto en evidencia los peligros - vividos intensamente durante la época de la Guerra Fría - de un relacionamiento hegemónico internacional en cabeza de los EE.UU. Este cambio puede ser más doloroso, teniendo en cuenta que desde hace algunos años ciertos temas de la agenda exterior de Washington como las drogas, el terrorismo y las relaciones con Cuba son abordados como cuestiones del orden interno al afectar importantes nichos de opinión en EE.UU. como el Congreso, las universidades, los centros de pensamiento de los partidos políticos y las asociaciones empresariales. A este tipo de asuntos se les ha llamado intermésticos ( Lowenthal p. 31) porque tienen implicaciones entre internacionales y domésticas. 

 

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Con el 50% del poderío militar global, los Estados Unidos pueden hoy  desestabilizar el mundo en aras de sus pretensiones hegemónicas en materia de política exterior. 

 

El sueño chino 

 

Mientras esto sucede, aparecen en el mundo otras formas de liderazgo, como la de la China en contraste con el estilo de Trump. En 1992, Estados Unidos representaba el 26% del PIB mundial y China apenas el 5%. Veinticinco años después, el gigante asiático cubre el 18% y EEUU el 16% (Sachs The Shifting Global Landscape 2017). De poco o nada le sirve a los Estados Unidos tener una economía significativa que carece de legitimad a los ojos del mundo. Los chinos están volviendo al mundo para quedarse como lo prueba el hecho de que los vacíos de liderazgo que está dejando Trump en el sistema internacional están siendo llenados por China.

 

Estados Unidos, como lo comprueba su beligerante Presidente actual, ya no es el poder moral que soñaron sus fundadores frente al mundo. Prueba de su errática conducta exterior, fue la decisión de trasladar la sede de la embajada de Tel Aviv a Jerusalén, poniendo el riesgo un equilibrio indispensable para una solución de dos Estados, tal como el concierto de naciones reclama.

 

La agresividad sociopática de Trump lo ha convencido de que no necesita nada distinto a la supremacía militar de los EE.UU. para asegurar su liderazgo y conseguir, por la fuerza de ser necesario, que otros países incumplan con los compromisos que incluso nos engrandecen como humanidad.

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