Ciudadanía global y migraciones (I)

April 5, 2017

 

 

El hombre es, por  naturaleza, sedentario. Solo se mueve de su entorno por atracción o coacción.  Las migraciones antiguas se explicaban como una respuesta masiva a amenazas   asociadas con cambios bruscos en el medio ambiente, epidemias o  hambrunas resultantes de ciclos desfavorables en la agricultura, la pesca o la caza.  Las migraciones contemporáneas obedecen a la búsqueda de mejores condiciones económicas de trabajo, la necesidad de protección frente a episodios catastróficos de la naturaleza, o al escape de  distintas formas de persecución política, religiosa o étnica.

 

La última y más preocupante expresión de esta actitud xenófoba contra los migrantes fue la del Presidente Donald Trump quien convirtió, con gran desfachatez,  la expulsión de los migrantes de Estados Unidos  en uno de los temas centrales de la campaña que lo llevó a la Presidencia de los Estados Unidos.  La  expedición de una Orden Ejecutiva para impedir el ingreso de migrantes provenientes de siete países musulmanes –  hasta hoy congelada por decisión de los jueces – y sus anuncios de expulsar  más de 10 millones de migrantes latinos irregulares, y construir un muro divisorio en la frontera entre los Estados Unidos y México que, cínicamente, deberían pagar los propios mexicanos, ha ubicado de nuevo a los Estados Unidos, a la cabeza de los países más reaccionarios del mundo en el tratamiento de los migrantes.

 

Migrantes Latinoamericanos

 

Si los movimientos de personas a nivel global fueran  avalanchas de ciudadanos errando por el mundo, sería hasta entendible la preocupación mundial por controlarlos. El fenómeno migratorio, sin embargo, se reduce a la movilidad de 200 millones de personas que representan el 3% de la población mundial.

 

En América Latina la cifra de población extranjera respecto a la población total desciende al 1.25%, y está especialmente concentrada en Argentina y Venezuela   que reciben el mayor número de migrantes en la la región. Alrededor  de treinta millones de latinoamericanos - un 4% de la población-  viven en el exterior, la mitad en los Estados Unidos.  Entre 1830 y 1930 la región fue una receptora de extranjeros. Cinco millones de españoles, entre muchos europeos, llegaron durante este tiempo, como Cristóbal Colón, para descubrir en América, nuevas oportunidades de trabajo y de vida.

 

 

Otros más, llegaron años después huyendo de la cruenta guerra civil española. Todos fueron recibidos y acogidos en estos países.  En 1914, el 62% de los obreros argentinos eran extranjeros. A partir de la segunda mitad del siglo pasado, América Latina pasó de ser zona de inmigrantes a una de migrantes. 

 

El 63% de los cuatrocientos veinte millones de suramericanos -que representan el 70% de la población latinoamericana-, al ser preguntado por un país donde le gustaría irse a vivir, respondió que a otro país suramericano. La conciencia de pertenencia regional es así de fuerte.  El problema de los irregulares, asilados y refugiados, que pertenecen a otra condición migratoria, está concentrado en unos pocos países, como los trabajadores haitianos en República Dominicana , algunos cubanos tratando de llegar a las playas norteamericanas para recibir los beneficios de la recientemente derogada ley de pies secos, pies mojados en desarrollo de la Ley de Ajuste Cubano y colombianos desplazados por la violencia armada hacia los países vecinos, especialmente Ecuador y Venezuela. Ecuador, debido quizás a su generosa política de puertas abiertas hacia los extranjeros, concentra el 76% de los refugiados de la región.

 

Para leer el documento completo, dé clic aquí

 

La Unión Europea, con la aprobación del Tratado de Ámsterdam, fue considerada como un modelo migratorio ejemplar que permitía la entrada de todos los extranjeros en aplicación del principio del ius-domicili (el domicilio genera el derecho a la ciudadanía), también les ofrecía la posibilidad de ser acogidos, asimilados e incorporados, con sus familias, a las sociedades de los países de destino. Europa, lamentablemente, hoy sostiene el modelo contrario. En los últimos años, ha venido endureciendo sus políticas migratorias. Aplicando el principio del ius sanguinis (la ciudadanía solo para los hijos de padres nacionales) ha desatado procesos dolorosos de desintegración familiar, persecución de trabajadores “sin papeles”, y discriminación en materia de provisión universal de servicios públicos.  Para algunos, como Sami Nair, la crisis de los refugiados hará saltar por los aires los principios éticos fundacionales de la propia Unión Europea. El vergonzoso acuerdo celebrado, recientemente, entre la la Unión Europea y Turquía donde los migrantes sirios son tratados como verdaderas mercancías ha sido el punto culminante de éste endurecimiento europeo contra los migrantes. El Acuerdo establece que por cada refugiado que acepte Europa, Turquía aceptará otro, previo el pago de una suma convenida  de Eu 1.000 millones por año.  A cambio de esta disposición turca, la UE se comprometía a facilitar más visas de ingreso de los ciudadanos turcos al viejo continente. El negocio es muy sencillo: turcos por sirios más un dinero. 

 

 

Francia, considerada hace algunos años como el país que había logrado implementar el modelo más civilizado de tratamiento de los migrantes, no ha escapado a esta tendencia hacia una Europa libre de extranjeros. Los recientes atentados terroristas, cometidos en distintos lugares de Europa – donde llegan el 86% de los árabes musulmanes que emigran- han endurecido la opinión pública, hasta el punto de convertir a todos los extranjeros islámicos en enemigos potenciales del mundo.

 

Más de cincuenta millones de los habitantes de Estados Unidos, que representan el 18% de la población, son de origen hispanoamericano. El 65% de los migrantes que llegan hoy a los Estados Unidos, provienen de América Latina. Por eso, cuando el Presidente Trump, habla de “controlar los migrantes”, los latinoamericanos se sienten directamente aludidos.

 

En efecto, una de las primeras medidas adoptadas por la nueva administración, está contenida en la Orden Ejecutiva 13769 que busca “prevenir la entrada de terroristas a la Nación” y acelerar las deportaciones de personas en condición irregular ( en la cual se podrían encontrar más de 12 millones de migrantes latinos) dejando al criterio del Servicio de Inmigración y Aduanas la decisión sobre ellas. La Orden Ejecutiva comienza por suspender la inmigración de ciudadanos provenientes de siete países musulmanes ( Irak, Siria, Irán, Sudán, Libia, Somalia y Yemen). Por fortuna, en febrero de 2017, por pedido del Fiscal Bob Fergusson, un juez Federal de Seattle suspendió la decisión, que fue reiterada unas semanas después por el Juez Derrik K. Watson de Hawai. Para el caso concreto de América Latina, además de poner en riesgo a miles de migrantes latinos que llevan viviendo muchos años en situación de “irregularidad” – que hoy se asocia con un delito según el criterio de la nueva administración – está pendiente el anuncio, con tono amenazante, del nuevo Presidente de construir en la frontera con México un muro de 3000 kilómetros (las vallas hasta este momento alcanzan los 1050 kilómetros) que, además, según anunció, ¡será pagado por los propios mexicanos!

 

Los muros como forma de contención física de las migraciones, se han convertido en el símbolo tangible de la irracionalidad que hoy inspira las decisiones migratorias. Así sucedió con el que construyó Israel para separar su territorio de Cisjordania y que fue declarado ilegal por la Corte Internacional de Justicia en 2009, o el que se instaló en la ciudad checa de Usti Nad Labem –finalmente derribado- para separar a los gitanos del resto de la población eslava.  

 

Epílogo

 

(Tomado de las palabras del Secretario General de UNASUR, Ernesto Samper Pizano, en la Asamblea de Naciones Unidas para las Migraciones. Nueva York, Septiembre 2016)

 

El tema de los migrantes y los refugiados se ha convertido en el mundo entero en una tragedia humanitaria. No se trata, solamente, de los migrantes sirios que ocupan la atención mediática internacional. También están los que está expulsando de Kenia hacia Sudán. Y los palestinos rechazados por Israel. Y los latinos devueltos en las fronteras con los Estados Unidos. O los cubanos trasegando por Suramérica, mientras tenían la oportunidad de pisar suelo norteamericano para convertirse en ciudadanos. Y los miles de haitianos abandonados a su suerte.

 

Lamentablemente, la respuesta a esta movilidad de  migrantes por el mundo ( que no superan el 3% de la población mundial)  son las medidas de seguridad, los nuevos campos de concentración, las policías migratorias, las visas inalcanzables y los muros, los malditos muros que se levantan, como el Muro de Berlín, para señalar territorios hostiles como en las guerras del Medioevo. El  muro de México, el muro de Israel, el muro de Marruecos, los muros, tan sólidos y tan duros como las almas de los que ordenaron su construcción son muros que dividen y matan.

Los muros son la última expresión de una estrategia de trato inhumanitario de los migrantes que empezó con restricciones temporales en las aduanas y ha  terminado con medidas policiales que los criminalizan, dividen y destruyen sus lazos familiares.

 

Para abordar el fenómeno necesitamos partir de una perspectiva totalmente distinta a la actual. La perspectiva de la migración mundial como un derecho y no como una concesión. Los migrantes como ciudadanos del mundo y no como infractores mundiales.  La propuesta es pasar de la migración como un problema de seguridad, a la migración como un principio  de  solidaridad. Este derecho a la movilidad es aún más contundente cuando se trata de personas obligadas a abandonar su lugar de origen como consecuencia de conflictos políticos, desastres naturales o crisis económicas profundas.

 

En síntesis, bienvenidas las reglamentaciones internacionales que apunten a la reducción del número de causas que originan la migración, y las que regulan de manera humanitaria los movimientos de las personas siempre siempre y cuando  se planteen dentro de la perspectiva amplia de la “ciudadanía global”, que hace participes a las personas de una globalización concentrada en dinero, cosas y servicios.

 

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